Clase 1 | López Joaquín
Yo es una construcción. Una acumulación de ideas que asocian al objeto que tengo enfrente mío con experiencias previas que tuve y que experimenté a lo largo de mi vida, tanto las que me pasaron a mí como las que me contaron, las que procesé leyendo libros, viendo películas, escuchando historias, o ideas que circulan en mi contexto y que se imponen como sentido común que aceptamos como verdades y que muchas veces no cuestionamos.
Estas presunciones que hago acerca de otra persona u objeto no hablan tanto de ella si no de mí. De la persona aparece un conjunto bastante escueto de datos materiales que puedo obtener con una mirada enfocada en los detalles superficiales: Su modo de vestir, cómo está arreglada, el tratamiento de su pelo, los objetos personales que lleva consigo. De mí persona se manifiesta en cambio un conjunto mucho más amplio de ideas, porque cuando pienso que construyo a la otra persona, estoy en realidad proyectándome en ella. Para describirla acudo a mis propias experiencias.
Al mirar busco detalles, cosas específicas que me sirven para conectar aquello que veo con algún recuerdo. De esta manera, mi mirada está entrelazada con mi memoria. No existe una sin la otra, y por ende no puedo mirar un objeto sin empezar a recordar a través de este otros elementos asociados con los que me relacioné previamente. Pienso que esta manera de mirar es una forma desesperada de querer entender lo que veo, estudiarlo en detalle para delimitarlo en base a lo que conozco, y de esta forma apropiarme de él o sea adquirirlo como conocimiento.
La cantidad de experiencias y conocimientos que tuvimos a lo largo de nuestra vida de cierta manera delimita nuestra capacidad para conocer nuevos objetos. Cuanto más experimentemos, en todo el rango de experiencias posibles (Desde las más racionales como lecturas, podcasts, documentales, charlas, debates hasta las vivencias sensibles como viajes, relaciones humanas, encuentros, conexiones con el cuerpo) más se nutre nuestra forma de comprensión de nuestro entorno, y de cierta manera nos volvemos más capaces de acercamos a él. Nos permite entenderlo mejor y con más definición, evitando las primeras ideas más superficiales y difusas, y conectando con formas desconocidas, que nos incomodan y que no dominamos, por lo tanto son más desafiantes.
Creo que no solo nos limitan nuestras experiencias personales si no también nuestro contexto. Las ideas comunes vigentes en la sociedad en la que nos desenvolvemos, en un momento y lugar concretos, moldean nuestra forma de pensar y de entender objetos. Justamente a la hora de construir a un desconocido aparecen como terreno sólido sobre el que apoyarse para describir, pero en realidad son totalmente cuestionables.
Estas presunciones que hago acerca de otra persona u objeto no hablan tanto de ella si no de mí. De la persona aparece un conjunto bastante escueto de datos materiales que puedo obtener con una mirada enfocada en los detalles superficiales: Su modo de vestir, cómo está arreglada, el tratamiento de su pelo, los objetos personales que lleva consigo. De mí persona se manifiesta en cambio un conjunto mucho más amplio de ideas, porque cuando pienso que construyo a la otra persona, estoy en realidad proyectándome en ella. Para describirla acudo a mis propias experiencias.
Al mirar busco detalles, cosas específicas que me sirven para conectar aquello que veo con algún recuerdo. De esta manera, mi mirada está entrelazada con mi memoria. No existe una sin la otra, y por ende no puedo mirar un objeto sin empezar a recordar a través de este otros elementos asociados con los que me relacioné previamente. Pienso que esta manera de mirar es una forma desesperada de querer entender lo que veo, estudiarlo en detalle para delimitarlo en base a lo que conozco, y de esta forma apropiarme de él o sea adquirirlo como conocimiento.
Miro y pienso con analogías, algo que veo por primera vez puedo decir que se parece a algo que ví hace unos meses, y empiezo a pensar que lo que estoy viendo es lo mismo que aquello que ví antes. Es una forma de inducir los aprendizajes y buscar la tranquilidad ante la angustia del desconocimiento, pero que no es verdadera. Es solo una presunción que posiblemente con dos minutos de charla nos demos cuenta que estamos equivocados y que aquello que se pensó haber conquistado y apropiado está muy lejos de eso, porque estamos encerrados buscando respuestas en nosotros mismos.
La cantidad de experiencias y conocimientos que tuvimos a lo largo de nuestra vida de cierta manera delimita nuestra capacidad para conocer nuevos objetos. Cuanto más experimentemos, en todo el rango de experiencias posibles (Desde las más racionales como lecturas, podcasts, documentales, charlas, debates hasta las vivencias sensibles como viajes, relaciones humanas, encuentros, conexiones con el cuerpo) más se nutre nuestra forma de comprensión de nuestro entorno, y de cierta manera nos volvemos más capaces de acercamos a él. Nos permite entenderlo mejor y con más definición, evitando las primeras ideas más superficiales y difusas, y conectando con formas desconocidas, que nos incomodan y que no dominamos, por lo tanto son más desafiantes.
Creo que no solo nos limitan nuestras experiencias personales si no también nuestro contexto. Las ideas comunes vigentes en la sociedad en la que nos desenvolvemos, en un momento y lugar concretos, moldean nuestra forma de pensar y de entender objetos. Justamente a la hora de construir a un desconocido aparecen como terreno sólido sobre el que apoyarse para describir, pero en realidad son totalmente cuestionables.

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