Clase 3 | López Joaquín
El rol del diseñador es una idea que no termino de poder definir por todas las variantes que recibí a lo largo de la carrera. En las cátedras que cursé era más común escuchar “nosotrxs somos lo contrario a los procedimientos que se desarrollan tradicionalmente en la facultad”.
Muchas veces estuve con la misma duda, y nunca pude terminar de resolverla. Mientras curso distintas materias pienso en cómo es que se llegó al conocimiento que me están transmitiendo, a través de quiénes. Si hubo intersecciones, polémicas, debates, cambios de dirección.
Cursé Historia del Diseño 1 y 2 siguiendo los orígenes, desarrollos, movimientos, paradigmas que se sucedieron unos a otros. Pero a la hora de relacionarlo con mi propio estudio del diseño en la actualidad se me hizo un gran hueco.
Me da mucha intriga cómo se desarrollan los métodos de enseñanza de cada cátedra, cómo se seleccionan y priorizan los saberes que se piensan más fundamentales para un contexto específico, y cómo se dejan de lado otros.
Justamente en los ejercicios que realizo durante mis estudios son prácticas muy complejas, que engloban una gran cantidad de conceptos abstractos y que uno puede llegar a cubrir solo una parte de todo eso, nunca la totalidad.
Quién es el que selecciona los contenidos, en qué ideología se basa para esa selección. Quienes son sus referentes. Quién le enseñó.
Aprendí que el modelo de la facultad se basó en los principios del diseño moderno. En este prima la racionalidad, la funcionalidad sobre la expresión, el compromiso social, una gran exigencia sobre la producción, la búsqueda de la perfección. Casualmente esta facultad fue casa de referentes mundiales del diseño moderno como fueron Maldonado, Gonzalez Ruiz, Shakespeare, Fontana, Amancio Williams, Mario Roberto Alvarez, Antonio Vilar, entre otros.
Lo que reconstruyo por mi cuenta es que en la década de los 90 con la posibilidad de diseñar digitalmente y la aparición de una nueva ola de diseñadores como Carson, Sagmeister, Susan Kare, April Greiman, Brody la enseñanza en la facultad debió tener una transformación. Cambian los referentes, cambia el ideal, las posibilidades, los objetivos.
Pensando hoy en día los trabajos que hacemos en la facultad, estos no tienen el nivel de desorden y confusión de los 90, y tampoco la racionalidad estricta de los 50. Pero tienen cosas de ambos.
Entiendo que se busca el orden, la claridad del mensaje, la coherencia del sistema (la simpleza) y también se busca la potencia visual estética y la experimentación, los bordes de la legibilidad, las técnicas innovadoras, los múltiples niveles de lectura (la complejidad).
Me llama mucho la atención que a la hora de aplicar saberes en un trabajo de diseño uno no tiene un manual que seguir, un punteo de cosas que no pueden faltar en un diseño. Uno se supone que tiene un criterio incorporado y sabe resolver distintas situaciones, y si no se cuestiona se vuelve algo mecánico, normal, lógico, de sentido común.
Pienso que en la facultad se comparte muchísima información, referentes, ideas, visiones y no todas coinciden entre sí. Entiendo que queda en cada uno decidir qué priorizar, qué ideas se consideran más fundamentales que otras y en base a eso accionar como diseñador. Me imagino que es una actividad constante, todo el tiempo la disciplina cambia y hay que repensar el lugar de uno respecto a las nuevas circunstancias.
Esto requiere definir una postura propia, conocerse a sí mismo, reflexionar mucho.
Reconozco como modelo de diseñador tener un sentido estético con capacidad de diferenciar contenidos interesantes e impactantes de otros trascendentales y redundantes.
Poder encontrar algo esencial e inconfundible que identifica a un objeto y desarrollar una identidad visual generando un universo formal en torno a la misma idea, construyendo una narrativa.
Una obsesión por el orden y las reglas de funcionamiento implícitas de cualquier tipo de sistema de piezas visuales.
Capacidad de alejarse del contenido (dejar de leer las palabras) y poder estar atento a la visualidad que se construye, desde el más mínimo detalle hasta las miradas lejanas.
Una vez una clienta me dijo “los diseñadores ven sistemas en todos lados, yo no funciono así”.
En otra ocasión me dijo “es increíble como cambia cuando una pieza la arma un diseñador que cuando lo hace otro”
Pareciera como si la acción del diseñador fuera una especie de magia que solo la puede hacer él por más simple que parezca.
Yo creo que tiene que ver con el entrenamiento día a día de la resolución de situaciones similares, estar embebido de referencias y por el recorrido de experiencias que se tiene.
Reconozco conductas como una gran obsesión por los detalles pequeños, casi intrascendentes, y ponerle una gran presión al trabajo hecho, no poder soltarlo, la necesidad de que quede perfecto. Poner la calidad del trabajo sobre el bienestar de uno.
Cuando entré a la facultad antes de la pandemia era legitimado por todos que era imposible cursar diseño sin tener que quedarse noches sin dormir.
Hoy en día puedo decir que eso fue totalmente cuestionado aunque en algunos sectores sigue siendo legítimo. Específicamente durante la pandemia, junto a muchos compañeros reflexionamos sobre nuestros procesos y llegamos a la idea de que no tiene sentido dejar de dormir por una entrega. Cuando recién empezaba la carrera parecía que cada trabajo era fundamental, que había que darlo todo para llegar al mejor resultado posible. Hoy ya no pienso así. Pienso que hay circunstancias para aprender y desarrollar proyectos, a veces hay que priorizar sentirse bien uno y no que quede todavía mejor el trabajo.
Esto se conecta con algo que escuché de un diseñador cuando recién empezaba la carrera y no le creí del todo: dijo que ni aunque tuviera una entrega al día siguiente, nunca iba a dejar de ir a un recital, una obra de teatro, o un espectáculo o algo que le importara. Porque es algo que le nutre como persona y como diseñador.
Y hay un tema con el que estoy peleándome ahora que estoy acercándome al mundo laboral, que es que no se puede encarar un trabajo como se encara un ejercicio de la facultad.
En la facultad, específicamente la nuestra: pública, gratuita y masiva, está la idea de que nadie nos ayuda ni nos explica nada, que hacemos filas interminables para sacar fotocopias o para volver en colectivo a nuestras casas, que nos piden resolver cosas rápido que no sabemos resolver, aprendemos a usar programas como podemos de un día para el otro, hay una idea de olvidarse de uno mismo y resolver las cosas como sea. Es más importante llegar a la entrega en tiempo y forma que sentirse bien con uno mismo. No se ponen límites, se lo da todo.
Al trabajar tuve que aprender a poner límites y a defender el valor de mi trabajo. Tuve que ponerle un valor, definir horarios de disponibilidad y horarios de no disponibilidad. Tuve que determinar cuántas horas semanales puedo dedicarle. Tuve que aprender a trabajar para otro, no para mí mismo.
Las cátedras que cursé mencionaron en alguna ocasión que el proceso de trabajo modélico de la facultad (con el que estaban en desacuerdo) es el de pensar la idea, desarrollar el concepto y su fundamentación, y luego accionarla. Un proceso racional, lineal.
La metodología que nos propusieron a nosotros en cambio fue que trabajando visualmente se encontrara esa idea que justificara la visualidad. Porque poder decir algo sobre el tema y encontrar un concepto particular, requiere un proceso de adentrarse en el tema, conocer bien sus elementos, y para eso se necesita trabajarlo, un proceso más intuitivo, más complejo, de ida y vuelta.
Yo me siento cómodo con el último método, tuve una experiencia en una cátedra que me hicieron pensar una idea durante un mes entero, en la que no llegamos a nada muy interesante. Lo sentí completamente forzado, y una vez que conseguimos una idea “más o menos decente” no me interesaba desarrollar esa idea tampoco.
Me entusiasma encontrar cosas inesperadas en el papel, descubrir por azar, por magia, por lo que sea, pero que no siempre sea del todo intencionado. Me gusta la idea de generar el material, el contexto para que sucedan las cosas, y que después aparezcan. Pero que no esté todo planificado, me gustan las sorpresas.
A la vez este método me cuesta llevarlo al mundo laboral en el que muchas veces tengo que resolver cosas bastante rápido y no queda tanto tiempo para el juego. También porque este método es una incertidumbre total y lleva a momentos de perderse, de frustración. Creo que ese método lo disfruto justamente cuando puedo quedarme un rato largo con eso, sin pensar tanto en tener que rendir. Que sea más para mí que para otros.

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