Clase 5 - Joaquín López
La primera clase fue un golpe de presencia. Tuvimos que correr por el aula, entregarnos a una situación completamente anormal. No hablar y mirar fijamente a lo que se nos cruzara. Mirar a los ojos a desconocidos. Me impactó mucho ese momento ya que venía sintiéndose como adormecido en la facultad, sin sorpresas. Fue un golpe de energía de sentir “vale la pena estar acá”.
Nos encontramos con un otro, un desconocido al que tuvimos que describir e imaginar su historia personal, y al hacerlo lo llenamos de nuestra personalidad. Reflexionamos sobre cómo nos proyectamos en lo que observamos. Cómo nuestra percepción está condicionada por nuestras experiencias previas, ideas comunes, prejuicios. Nadie percibe igual que otro y todo lo miramos lo conectamos con nosotros mismos.
En la segunda clase analizamos referentes y condicionantes. Durante la semana fue un ejercicio difícil el de seleccionarlos, unas semanas después leería el texto de Deleuze “Sensibilidad” y conectaría todo de golpe. En la tarea semanal redacté “terminé eligiendo solo a gente con la que siento que me entiendo.” Deleuze diría “encuentren sus moléculas”. Creo que seleccionar los referentes propios implica conocerse mejor a uno mismo.
Hicimos un gran esfuerzo tratando de diferenciar y catalogar la gran masa de personas e ideas que se juntó en la mesa de análisis. El tener que detenerse en cada uno de ellos y pensar su relación con nosotros mismos implicó un alejamiento. Poder mirar la situación desde afuera, y cuestionar eso que no nos cuestionamos. Que entre la duda en donde solo hay certezas. “ruega que largo sea tu camino, lleno de peripecias y lecciones”. Encontrar esas dudas vuelve todo movedizo, y lleno de emociones. Esa semana me surgieron muchos cuestionamientos, sobre por qué hago lo que hago (por momentos con algo de angustia).
Algo más que conecté con esta clase fue el texto de Twyla Tharp sobre los sistemas organizativos como partes esenciales de procesos creativos. Entender cómo se compone “nuestra caja” hace que entendamos mejor a qué ideas nos conectamos cuando diseñamos, de dónde surge nuestro criterio con el que tomamos decisiones.
La tercera clase de modelos fue graciosa. Primero nos juntamos con nuestro grupo para pensar en cuáles son las conductas, pensamientos, discursos modélicos de la facultad basados en nuestras experiencias. No encontramos tantas cosas en común sobre los criterios de diseño si no más en las experiencias sensibles: el agotamiento, el estrés, y lo rutinario: caminos a la facultad, como imprimir antes de la entrega y no morir en el intento.
Luego nos propusieron imaginar a un sujeto modelo de nuestra facultad y describirlo lo máximo posible: Desde sus modos de actuar y su pensamiento hasta su contexto, dónde y cómo vive. De nuevo esto implicó proyectarnos en él. Este personaje que inicialmente lo pensamos como alguien ajeno a nosotros, un arquitecto (somos todos de diseño). Empezamos burlandonos de él y creo que finalmente lo llenamos bastante de nosotros mismos. Al profundizar en la descripción se fue humanizando, se fue haciendo propio.
Fue bastante revelador entender que siempre vivimos relacionándonos con modelos, y lo que podemos hacer es elegirlos, y determinar cómo relacionarnos con ellos. Me impactó darme cuenta que entré a la facultad aceptando eso sin saberlo del todo, y lo acepté sin dudarlo muy entusiasmado. (De nuevo aguas movedizas, crisis).
Me perdí la clase de Resonancia. Mis compañeros me comentaron sobre la diferencia entre hacer, decir y pensar. Sobre el ritmo de la facultad que generalmente nos lleva a tener una necesidad constante de hacer, una impaciencia en la que me siento identificado. Por el contrario, en esa clase se concentraron en pensar sin hacer. Me contaron sobre que hay distintos modos de pensar, cada uno se identifica con algunos particulares. Tuvieron períodos de tiempo en los que no había que conectar en nada más que en el pensamiento, y terminado ese lapso registrar escribiendo o dibujando. Intenté hacer ese ejercicio en mi casa y me surgió la siguiente cuestión: mientras escribía me surgían más ideas que cuando pensaba sin registrar. Hilando conceptos me brotaban más, no podía parar. Cuando tenía que parar abruptamente y solo pensar me quedaba en blanco, como atascado. Al escribir este texto releí lo que escribí ese día. Pienso mucho en el futuro y me preocupa. Pienso constantemente en hacer cosas. Tengo la necesidad de demostrar mis habilidades. Me surgió la pregunta: ¿Cambia en algo hacer cosas que no hacerlas? Releí la poesía de Ítaca y me sorprendió mucho que la primera vez sentí que era una idea que ya tenía muy incorporada, al punto que no le di interés. Pero ahora al releer la entiendo “La isla te brindó tan bello viaje; por ella recorriste tu camino. Pero ya nada más ha de brindarte”.
En este momento tengo la sensación que producir o no producir da un poco lo mismo ya que el foco no está ahí. Encuentro lo importante en vivir experiencias, atravesar procesos y nutrirse de ellos.
Antes de escribir esto estaba un poco preocupado sintiendo que tener buenos resultados para mostrar no me nutre ni me enriquece, entiendo que en el proceso es donde puede llegar a estar lo interesante, pero estoy acostumbrado a que esté lleno de preocupaciones ¿Cómo convivir con eso?

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